Teníamos que encontrarnos.

Y es que es así.

Tenía que encontrarte.

Tenías que encontrarme.

Teníamos.

Debíamos.

Y es que ya sabes que yo creo en el destino. Creo en esa fuerza que une a las personas. Que todo esta escrito. Como tu amor en mi espalda.

Un día cualquiera me encontraste ahí, rota en mil pedazos (y suerte que me encontraste), porque en vez de irte, me prometiste que me ibas a devolver las ganas. Y fue así, así fue, y así será como me devolviste y devolverás las ganas cada día. Devolviéndomelo todo. Juntando cada pieza de mi puzzle con una del tuyo, encajándola de esa manera que solo tú sabes. De esa manera que solo yo quiero. De esa manera tan tuya. Tan mía. Tan nuestra.

Sumándome con cada sonrisa, restándome las penas y multiplicándome a mí.

Y es que no estaba planeado, fue un amor no intencionado, un amor espontáneo, pero sincero. Como cuando me miras a los ojos, como en cada orgasmo, como en cada te quiero, en cada eres mía y en cada soy tuyo. Y solo mío. Ese tan mío que nada tiene que ver con la posesividad. Ese tan mío que un tal Risto nos hizo entender.

Si te cuento un secreto, un buen destino es que dos personas se encuentren cuando ni siquiera se estaban buscando.

Así que si no te es mucha molestia, ven. Ven conmigo y tapémonos que llega el frío. Dame un abrazo, porque este invierno, en este frío invierno, lo único que hará que entre en calor va a ser tu amor.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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